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| Baltasar Garzón / Fuente: Flickr, "carolonline" |
En España, hemos evolucionado. Si hasta hace unos años, éramos el país de los 40 millones de seleccionadores nacionales de fútbol, ahora somos 47 millones de jueces. Magistrados con los conocimientos suficientes como para juzgar la condena al asesino de Marta del Castillo y de Baltasar Garzón. Ciudadanos que abogan por legislar a trompicones, en función de la espectacularidad de cada caso. Si un menor asesina, ¡endurezcamos la ley del menor! Si un violador sale libre, ¡aumentemos su condena! Si un banquero pierde el dinero que le confiamos (sí, ese que nadie nos obligó a confiarle), ¡mandémosle al paredón!
Evidentemente, aquellos con el poder suficiente como para aplicar justicia al estilo del rebaño social se gana el cariño de su corral. Pasan a adquirir un aura de mesianismo redentor, de santidad, que parece otorgarle carta blanca in secula seculorum. El enjuiciamiento de Garzón se tilda de "persecución", con manifestaciones a la puerta del juzgado en su apoyo, cual estrella de Hollywood. Las acusaciones de prevaricación, entre otras, que se le han imputado supone una ofensa para quienes no recuerdan que la Justicia debe ser igual para todos, y que, en nuestro sistema, el fin no justifica los medios.
En nuestra España, como en el circo romano, como en las corridas de toros, el público asiste boquiabierto al espectáculo, olvida sus preocupaciones y, interactividad digital mediante (subiendo o bajando el dedo pulgar), absuelven o condenan a muerte. Decisiones tomadas desde la emoción, que ensalzan a sus héroes mártires, y acaban con los que tienen cara de malos. En este país, la razón, el pensamiento, sigue brillando por su ausencia.


